Detrás de cada taller hay un equipo pequeño que dibuja, corrige bocetos y discute paletas hasta que una idea ajena empieza a parecerse a quien la imaginó. Aquí contamos cómo trabajamos y qué nos importa cuando acompañamos un proyecto de principio a fin.
Nuestra historia
Cuteanddeadly nació como un cuaderno compartido entre dos ilustradoras que dibujaban criaturas en los márgenes de sus trabajos. Antes de ser academia, fue un archivo de bocetos donde probábamos siluetas, gestos y paletas sin ninguna intención de enseñar. Ese hábito de registrar cada intento, incluso los fallidos, sigue siendo la base de cómo trabajamos hoy.
Cuando abrimos el primer taller de personajes, esperábamos diez personas y llegaron cuarenta. Aprendimos ahí que mucha gente busca un espacio donde experimentar sin la presión de un resultado final. Desde entonces estructuramos cada curso alrededor de ejercicios progresivos: mancha, contorno, expresión y color, en ese orden, para que nadie salte etapas sin entender por qué.
La pandemia nos obligó a replantear todo. En lugar de grabar clases y subirlas sin más, construimos un atelier digital con laboratorio de personajes, galería creativa y archivo de referencias. Ese cambio nos permitió llegar a estudiantes de otras ciudades y mantener la misma exigencia de revisión personalizada que teníamos en el aula presencial.
Rechazamos varias veces la idea de convertirnos en una plataforma de cursos masivos. Preferimos grupos pequeños, retroalimentación directa y proyectos que cada estudiante termina con su propio estilo. También decidimos no separar ilustración de narrativa: un personaje sin historia es solo un dibujo, y una historia sin personajes sólidos no se sostiene.
Más que cifras de inscripción, medimos el avance por proyectos terminados: cómics cortos, portadas, fanzines y series de personajes que salen del taller con identidad propia. Varios egresados han publicado su trabajo y otros siguen colaborando con nosotros como tutores. Eso nos confirma que el método funciona cuando se practica con constancia.
Seguimos ampliando el archivo de referencias y abriendo talleres de storyboard y teoría del color. La meta no es crecer por crecer, sino mantener un espacio donde dibujar sea una forma seria y a la vez disfrutable de pensar historias. Cada nueva generación de estudiantes deja algo en el atelier, y eso también es parte de nuestra historia.
Alianzas y respaldos
Cuteanddeadly no creció sola. Desde los primeros talleres en Aratichanguio hasta las cohortes online, han sido estudios, ferias gráficas, colectivos de ilustración y escuelas locales los que abrieron espacio para que nuestros ejercicios de silueta, expresión y color llegaran a más manos. Estas colaboraciones no son logotipos decorativos: cada una dejó algo concreto en la manera en que enseñamos.
Espacio de serigrafía en Guerrero que nos prestó sus mesas para los primeros ejercicios de mancha y contorno. De ahí salió la costumbre de testear siluetas en negro plano antes de tocar cualquier paleta.
Grupo de ilustradoras que revisa cada temporada los materiales del laboratorio de personajes. Sus notas sobre coherencia expresiva en viñetas largas terminaron dentro del módulo de storyboard.
Nos dio un pasillo y una mesa durante tres ediciones. Ahí probamos por primera vez el archivo de referencias como material público, hojeable por cualquiera que pasara con curiosidad.
Su taller de artes abrió sus aulas para que estudiantes de secundaria trabajaran teoría del color aplicada a sus propios personajes. Varios de esos bocetos siguen en la galería creativa.
Estudio de animación que compartió su método para construir universos visuales coherentes entre escenarios. Ese intercambio ordenó la estructura del atelier digital tal como funciona hoy.
Si coordinas un espacio cultural, una escuela o un colectivo gráfico y quieres proponer un taller conjunto, escríbenos a info@cuteanddeadly.com. Leemos cada propuesta con calma.
No somos un estudio con organigrama rígido. Somos un grupo pequeño de dibujantes, narradores y profesores que aprendimos a trabajar con bocetos antes que con discursos. Cada taller nace de un problema real de dibujo: una silueta que no se lee, un personaje que no cambia de expresión, una paleta que se come la escena. Enseñamos desde ahí, no desde la teoría decorativa.
Trabajamos con ilustradores que ya garabatean pero sienten que sus personajes no evolucionan, con estudiantes de arte que necesitan método y con autores de cómic que quieren sostener un universo visual a lo largo de muchas páginas. No pedimos portafolio previo: pedimos constancia y ganas de borrar.
La clase empieza con lápiz en mano. Dibujamos siluetas en mancha plana, repetimos expresiones hasta encontrar el gesto mínimo, limitamos paletas a tres colores para entender qué hace cada uno. La teoría del color o el storyboard llegan cuando ya hay material propio sobre la mesa, no antes.
Nos importa que un personaje se reconozca por su postura, que una expresión se lea sin texto y que una paleta acompañe la historia en lugar de competir con ella. Preferimos un trazo simple bien decidido antes que un render brillante sin intención. Ese es el filtro con el que revisamos cada proyecto del atelier.
Operamos en línea, con sesiones en vivo y archivo de referencias abierto para cada estudiante. La coordinación y el envío de materiales salen desde Aratichanguio, en Guerrero, y desde ahí también atendemos dudas por correo o teléfono cuando un ejercicio se atora. Si quieres conocer al equipo antes de inscribirte, escríbenos y te contamos cómo trabajamos.
La mejor forma de saber si esto encaja contigo es ver un ejercicio resuelto. En la galería creativa y el laboratorio de personajes hay material de estudiantes y profesores, sin retoque de marketing.
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